Mostrando entradas con la etiqueta ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ficción. Mostrar todas las entradas

Victoria, para todos


La más underground de las estaciones de metro de Atenas se llama Victoria. Ahí decidió hacerlo. Quedaba cerca de su casa, unos metros de la Plaza Victoria, la famosa Plaza que debía su nombre a la reina Victoria de Inglaterra y en la que tantos controles de la policía y pinchazos había presenciado. Le parecía cómodo incluso -tirarse en la estación más cercana de donde vivía, de donde había tomado la primera cerveza, de donde había besado la primera chica. No quiso nunca mudarse a otro barrio. Victoria tenía todo lo que uno necesita para crear sus mitos. Tenía bares oscuros y sucios, inmigrantes desesperados, capaces de cualquier cosa, yonkis que te pedían un poco de dinero cada dos por tres y no se acordaban después de nada. Era un barrio constantemente en fase transitoria. Ni pleno centro, ni suburbio. Ni de los que se han salvado de la nada con talleres de artistas y nuevos bares de moda, ni de los más históricos de toda la vida. Victoria era el barrio más underground desde siempre y por eso su nombre era el más adecuado. Sobrevivir ahí se había hecho una tarea excepcional. Y él había sobrevivido. Por eso ahora decidía acabar también ahí sus días, con algo de gloria. Además –pensó- qué mejor que tirarse en las vías de tren en una estación con azulejos verdemar que se llama Victoria!

 
Volví a casa después de un día largo de trabajo con mi sueldo recortado y mi cuerpo exhausto. Tardé más de lo normal en llegar porque los trenes no circulaban en un trozo de la vía – debido a un intento de suicidio en la estación Victoria, según decían. Me puse a buscarlo en el ordenador y al final encontré la noticia. Decía que el intento fracasó. El hombre que se había tirado en la vía de tren en Victoria sobrevivió. Le quedaba más vida, más lucha y más esfuerzo todavía, en esta ciudad que ya no recordaba nada victorioso.
 
Como a todos los demás.
 
 
 
 
 

Espejismo


 
Llevo un hilo rojo atado alrededor de mi dedo. Para que me reconozcas mejor. Que sepas que soy yo todas las calles que he andado y todos los ríos que he cruzado. Soy yo. Los besos que me han dado han creado colonias dentro de mí. Colonias que a veces por un rato se independizan y luego vuelven a obedecerme. El agua de los mares en las que he nadado es el líquido amniótico que me protege, pero, no te preocupes, porque no se ve a simple vista. Soy yo. Pero no me puedes ver todavía. Por ahora ves una imagen borrosa, pixelada, construida por tus ideas y tus impresiones. No soy yo. Si te acercas más te dará miedo mi verdad, querrás alejarte enseguida. Lo sé, me ha pasado millones de veces. Me pasa todo el rato. Llego cada vez con mi mejor vestido, peinada y arreglada para volver a casa, cada vez, con los ojos vacíos y las manos llenas de heridas. Me encierro hasta que las heridas se curen y vuelvo otra vez. Pero esta vez si te doy la mano notarás las heridas. No se han curado todavía. Y no es de buena educación dar una mano llena de heridas. Soy yo. Mis cabos atados y mi pelo suelto. Todavía no me ves bien, lo sé. Soy pesada, compleja y torpe. Pero desde ahí no se nota. Soy fiera, violenta y cutre. Nunca llegarás hasta aquí. Lo sé. Soy experta en calcular las distancias entre el miedo y el deseo. No llegarás. No te preocupes, estoy acostumbrada. Las montañas me entretienen cuando lloro mis deseos y las praderas cantan nanas para que duerman mis miedos. No estoy sola. Tengo un barco lleno de explosivos para atacar mis propias ambiciones antes de que se engrandezcan. Y una cajita de agujas para pinchar cada una de mis ilusiones. Tú no te preocupes. Si te acercas más verás mi cara de media tarde, la que sueña con que te quedes hasta la mañana siguiente. Con tres latigazos a mi osadía y un poco de alcohol llegará la noche antes que tú. Te lo juro. Tengo diplomas en como hacer que las esperanzas desaparezcan. Hablo idiomas extranjeros de pueblos que han sobrevivido a genocidios. Soy yo. No te preocupes. Ya sé que por ahora estoy a salvo. No te atreverás a acercarte. Mucho lío para un animal herido como tú. Como yo.










 

Soñando


Tener novio y vivir en Madrid. Este es mi sueño.

Mi madre me dice que no soy capaz de cuidar una casa por mí misma y que nadie querrá estar conmigo si no soy una buena ama de casa. Pero yo no quiero novio para ser ama de casa. Solo quiero saber que me ama. Que sea alto y que me regale helados de caramelo en verano y notas secretas en invierno. Y que vivamos en Madrid. Mi madre dice que Madrid nos pilla lejos, que no conviene vivir tan lejos del pueblo y que la carretera todavía no está tan buena para llegar a Madrid rápidamente. Quizás por eso me quiero ir a vivir a Madrid. Para que no me encuentren. Para que no puedan decirme cada día que no sé cuidar una casa. Sabré cuidar la mía, cuando la tenga.
Tener un novio alto y un piso pequeño en Chamberí. Mi sueño en diez palabras. ¡Si solo fuera tan fácil como ponerlas en papel! Conocí a alguien que vivía en Chamberí. Y ni siquiera era de Madrid. Vino al pueblo el verano pasado con Julita la de la tía Elena y era alto. No era para mí porque salía con Julita pero vivía en Chamberí y eso me hizo pensar qué bueno sería si yo también pudiera vivir en Madrid. Como Julita la de la tía Elena. Mi madre dice que Julita da muchas tristezas a la tía Elena por irse a vivir a Madrid con su novio, pero yo creo que lo dice para que creamos que ir a vivir a Madrid es algo malo. Los padres siempre crean reglas de lo que es bueno y de lo que es malo. Pero yo creo que ir a vivir a Madrid es bueno y nadie me hará pensar lo contrario. También creo que quedarse en el pueblo después de acabar los estudios es malo, porque no hay nadie para jugar cuando acabes los deberes y los domingos por la tarde son insoportables. Ahora también son insoportables los domingos por la tarde pero por lo menos puedes esperar a que llegue el lunes y quedar con los amigos y esconder las cosas de Edu cuando duerme en clase y reírse con el profe. Si no fuera por los amigos, por Edu e incluso por el profe, ¿para qué vas a aguantar un domingo por la tarde?

Seguro que en Madrid los domingos por la tarde no son insoportables. Porque hay museos y parques. Y novios para ir a pasear con ellos a los parques y mirar los cuadros en los museos. Yo quiero un novio alto que me lleve a los museos de Madrid. Quiero estar de pie delante de Velázquez y que mi novio me agarre la cintura. He visto a Velázquez en un libro que nos enseñó el profe y me gustó. Madrid es el mejor sitio para vivir. Porque hay novios, museos con cuadros de Velázquez, helados de caramelo y mi madre está lejos y no puede decirme que no soy buena en algo.




 

Navidad


En el piso de enfrente había luz. Unas personas alrededor de una mesa seguían el ritual de la comida de navidad. Llegaba la noche y ellos permanecían sentados, solo habían encendido la luz. Tenían sus vasos de vino tinto medio vacíos. Les podía ver desde la habitación del hotel en la que se encontraba. Quedaba en la misma altura que el piso de enfrente. En la cama detrás de ella, dormía un hombre. En los papeles era todavía su marido, en realidad ya se había convertido en un extraño. Los del piso de enfrente bebían y conversaban como en una escena de teatro mudo. Alejandra, detrás del cristal se quedaba en silencio mirándoles. Solo los ronquidos de su marido lo interrumpían. Deseaba tener una copa de vino tinto para beber. Deseaba entrar en el piso de enfrente con total naturalidad. Como si se conocieran de toda la vida. Entrar con ganas, disculparse por el retraso, traer un poco de aire de fuera, dejar que besen su mejilla helada, casi sin aliento, casi feliz de encontrarse con ellos. En cambio, permanecía quieta, con dos cristales y una calle separándole de los besos de sus familiares imaginarios.  Los verdaderos estaban lejos. El único que conocía en esta ciudad era el hombre que respiraba intensamente en la cama. Decidió salir. Cogió de su bolso algo de dinero y la tarjeta llave de la habitación. Al mismo tiempo los más jovenes del piso de enfrente se abrigaban también. En la recepción del hotel apenas había movimiento. Un cliente extranjero ocupaba el ordenador que disponía el hotel. La chica en el mostrador leía un libro con puro interés. Una tarde navideña diferente para los que estaban presentes. Alejandra salió y dudó por un momento por donde ir. Vió salir a la pareja de enfrente también. Ella algo más joven que Alejandra con pelo liso y una expresión soñolienta. Él, con los mismos colores grises en su ropa elegante, un poco más alto, parecía más su hermano que otra cosa. Andaban los dos despacio como si no tuvieran nada que esperar en la vida. Como si el vino les hubiera bebido toda la energía. Entraron en una tienda de chinos, de estas que abren todos los días del año. Seguro que iban a comprar más botellas de vino. Alejandra pasó por delante, les echo un vistazo y giró a la derecha cambiando de dirección. Las luces en las calles junto con el frío húmedo de esta ciudad-puerto le hacían querer envolverse en si misma. Le gustaría arrugarse hasta parecer más pequeña, hasta desaparecer por completo. Andaba y andaba sin rumbo, siguiendo las luces, alejándose de aquel hombre que sin duda seguía dormido en la cama de la habitación 307 de aquél hotel.

A veces la Navidad es un título que pesa en las espaldas, una obligación de fiesta sin que nadie la haya elegido, una promesa que uno no puede cumplir.
 
 
 
 

Foto de padres

Mis padres eran jóvenes antes.
Antes de ser padres.
Antes de tener ojos de niños mirandoles con confianza incuestionable.
Yo era uno de esos niños.
Eran mis ojos los que les convirtieron en padres.
Mi dependencia la que les hizo sentir responsables.
Mis padres no cuentan que querían ser antes de ser padres.
Es como si desde el momento en el que se convirtieron en padres su vida de antes dejó de existir.
Cuando veo antiguas fotos de mis padres antes de ser padres no les reconozco.
No sé quien es esta chica guapa y tímida de la que se enamoró mi padre antes de ser padre.
Tampoco reconozco aquel joven muchacho, despreocupado y sonriente
que tiempo después tomó el lugar de mi padre.
Miro las fotos y mis padres me dicen que son ellos.
Y yo les creo.


http://www.elhombresapo.com/instan-tes/blog/foto-de-padres/
 

Los misterios de Silvia


Volvía de la biblioteca pública siempre de buen humor. En un principio no prestaba atención pero luego era demasiado obvio incluso para mi. Lo notaba desde el momento que cerraba la puerta y me saludaba. Su Holaaa de volver de la biblioteca no tenía nada de los otros holas que decía. Me llamaba mucho la atención porque en general era una chica bastante tímida y no muy espontánea. Le había conocido en la universidad cuando yo tenía todavía un año para acabar y ella hacía sus practicas. Conectamos sin esfuerzo y eso era, creo yo, lo más esencial de nuestra relación. Sin esfuerzo. Decidimos vivir juntas cuando yo firmé mi primer contrato y ella lo dejó con su novio. Momento ideal. Compartir piso con la chica que menos problemas me daba. Me acostumbré a sus silencios y sus huecos de comunicación. Cuando surgía que algún libro o disco le afectaba se cerraba en su habitación y yo seguía mi vida a solas. Eso no pasaba muy a menudo. Libros y cds entraban y salían de casa en un ritmo difícil de seguir pero la mayoría no le llamaban la atención. Eran como objetos en la mesita de noche. O al lado de un sillón. Acumulaban polvo por unos días y de repente desaparecían. Para juntarse con otros en la biblioteca asumía. Casi nunca hablaba de eso. Su relación con los libros era un misterio. Así por lo menos pensé cuando noté días seguidos su saludo al volver de la biblioteca. Pensé que había conocido a alguien. No quiso confirmarlo ni desmentirlo. Dejé el tema preocupada por mi propia existencia y mis problemas fatuos de sobrevivir. Pero cuanto más polvo se llenaba mi vida, más notaba el contraste con Silvia. Cada vez más su hola tenía los vocales alargados y el cierre de la puerta se oía más fuerte. Cada vez menos se cerraba en su habitación para perderse en las páginas de libros grandes y pesados. Me bloqueé. Una vez, le pregunté a la cara con voz agresiva y sin pensar. Como si ella tuviera la responsabilidad por mi declive. Silvia, ¿que coño te pasa? Eso le dije. Y me fui sin esperar respuesta alguna. Se quedó en el medio del salón confundida pero el día siguiente volvió de nuevo con el aire de triunfadora. Pensaba que lo hace contra mi. Mi trabajo no me llenaba y era una época de ligar con el vacío de estas que algunos llaman crisis de los 30. O los 40. Da igual. Silvia era más joven que yo. Y empecé a notar que no era nada fea. Tenía una cara dulce, que más insinuaba cosas que las aclaraba. Se podría ver de muchas maneras. Si cambiaba un poco su manera de vestir podría tener mucho éxito con los hombres. Pero ella no quería. Se mostraba contenta con su vida. Y eso a mi hacía subir por las paredes.
 
 
Una tarde, decidí seguirla. Convencida de que tiene una vida escondida de su mejor amiga y compañera de piso. Segura de que iba a descubrir su secreto bien guardado. La seguí. Pasó por la panadería del bario para comprar algo y se dirigió hacia el parque. Mi cabeza ya proyectaba posibles salidas para su historia. Alguien le esperaría en el parque. Tendría un amigo secreto. Se quedaba con un familiar mío y no quería contármelo. Se había metido en una relación amorosa que tenia que guardar como secreto por ser la tercera persona. Mi cabeza iba más rápido que mis piernas. La contemplaba todo el tiempo que se quedo quieta en un banco del parque para comer la delicia de la panadería. Sentía como si esto era una película muda y además sin el montaje acabado. Se levantó y la seguí con mucha precaución hacia la biblioteca. No podía creer que su vida, que parecía vacía y aburrida me había fascinado tanto que creaba historias en mi cabeza. Pero todavía quedaba tiempo. A lo mejor había quedado con alguien en la biblioteca. A lo mejor... Dejé que pasara un rato hasta que entré. Me escondí detrás del anaquel de las novedades para poder espiar mejor. Ella estaba de pie delante de la letra V de la Literatura Española Contemporánea. A estas alturas no tenía ni idea que esperar. Ni me importaba si la gente se había dado cuenta de que no era exactamente la lectura el propósito de mi visita. En unos minutos, que no puedo decir si eran muchos o pocos, Silvia se dirigió hacia la puerta sin llevar ningún libro y se fue.
Me quedé atontada. Que coño me pasaba a mi era la pregunta adecuada. La decepción pesaba por debajo de mi ropa y encima de mi piel. Mis zapatos parecían amoldados de hierro. Yo no era yo. Pero la respuesta a mis problemas inventados no estaba lejos. Arrastré mis piernas hasta la letra V de la Literatura Española Contemporánea. Adopté la misma postura que tenía ella y empecé a hojear. Vásquez, Valdés, Vidal, Villa-Matas. Villa-Matas. El viaje vertical, Doctor Pasavento, París no se acaba nunca, El mal de Montano, Dublinesca. Dublinesca. Página 153. Hay un pequeño papel blanco con una nota. Con una frase escrita con tinta azul y por debajo una respuesta. La frase dice:

“Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo”
Antonio Porchia

Y la respuesta, escrita con otro tipo de letras y en color rojo:

 Ya te encontré en otros libros, hacia donde me llevas ahora?
Quiero que seas más que un recuerdo.

 Dejé el pequeño papel en su sitio, arropado por las palabras de Vila-Matas y salí. No quise volver a casa enseguida. Fui a un bar a beber una caña al honor de Silvia que su vida no era lo que parecía. Y que nos había engañado a todos. A todos menos a su admirador secreto y a Vila-Matas.

 

 

Soledad

Lo cotidiano. Las arrugas en la ropa. Los pelos en el suelo. La misma habitación cada día al despertar. Cosas que muy pocos saben de nosotros.


Soledad es cuando no hay nadie que sabe estas cosas de ti.





 

Encuentros casuales

En aquél entonces vivía en la calle San Blas. Estaba muy bien porque tenía dos supermercados muy cerca y como no, el mercado central de Zaragoza justo al lado. Además podía ir a todas partes andando, el río estaba a menos de 5 minutos y el lugar más lejano que a menudo visitaba era el parque grande. Casi podía ver una de las torres del Pilar desde mi ventana, bueno tenía que asomarme un poco pero conseguía verla. Lo que es seguro es que se escuchaba perfectamente el himno de la basilica del Pilar tres veces al día. Eso si, después de un tiempo ni lo notaba...
Ya llevaba en aquel piso -de un dormitorio, más salón con cocina americana- casi un año cuando una compañera mía me pidió que le acompañara para ver unos pisos de una agencia. Pensaba en separarse y buscaba algo pequeño pero cerca de nuestro trabajo. Yo tenía la tarde libre así que acepté acompañarla. Vimos dos pisos por la zona de casco viejo y uno en el Paseo Echegaray. El que se encontraba más cerca del mio, casi enfrente del bar Bacharach me pareció muy viejo y cargado y no pude imaginar ningún ser vivo allí. Pero en los otros dos, si. Mientras el de la inmobiliaria explicaba a mi amiga de metros cuadrados y recibos de luz yo me metía en una habitación y soñaba como sería la vida si durmiera allí. Luego entraba en la cocina y actuaba como si fuera una ama de casa que preparaba comida para los niños y les esperaba volver del cole. El piso tenía un aire de mujer infeliz que espera a alguien y yo solo tenía que tomar este rol por unos minutos. En el piso del Paseo Echegaray me hice una diseñadora gráfica que también mantenía allí su despacho. Cuando sus ojos se cansaban se levantaba y miraba hacia el rio. Ya que era un piso alto la vista era lo mejor, aunque a veces tropezabas con algún que otro edificio feo al otro lado del Ebro. Nos fuimos cuando ya se hacía de noche y mi amiga parecía indecisa. Creo que estaba dudando entre el piso de Echegaray o quedarse con su novio. No me comentó nada el otro día en el trabajo. Dejé que pasaran unos días y una tarde llamé yo misma a una agencia inmobiliaria para mirar pisos de alquiler. Y luego llamé a otra. No quería dejar mi piso, me gustaba y me parecía muy cómodo pero había algo en todo el proceso de buscar piso que me fascinaba. Era como tener sexo con alguien que no conoces y que no vas a volver a ver. Por un rato te imaginas con el, como sería tu vida a su lado, que tipo de bromas haría antes de acostarse por la noche. Como sería un día al volver del trabajo enfadado. Pero hasta allí. No tendrías que casarte con el. Ni verle todos los días. Era como un vislumbre de una posible vida. Y luego otra. Y otra. Entraba por un rato en un piso y toda una vida se abría delante de mi. En un piso veía amigos invitados a cenar y luego jugando al trivial persuit en el salón. En otro, niños que vuelven del instituto y se cierran en su habitación sin hablar toda la tarde. Eso no me gustaba, de allí quería salir lo antes posible. En un piso me hice pija con un armario lleno de zapatos. En otro me hice dependienta con un novio enganchado al fútbol. Y todos sus amigos festejando cada vez que ganaba el Barça. Era algo como ser actor. Pero sin serlo. Luego volvías a tu propia casa y podrías ser otra vez tu. Con todo lo que eso conlleva.



Un día, después de tiempo, me llamaron de una agencia y me dijeron que habían encontrado lo que buscaba. Yo ya tenía olvidada  la historia que decía a cada agencia. Les pregunté más información y me aseguraron que lo mejor sería ir a verlo enseguida. Este tipo de pisos no se quedan vacíos por mucho tiempo. Eso me dijeron. Y yo con la excitación que me sentía cada vez que entraba en una vida que no era mía, acepté. Por última vez, pensé. Como con un hombre que sabes que no es para ti pero aceptas una sola cita con el. El piso estaba en una esquina de San Vicente de Paul, en una planta alta mirando hacia la Magdalena. Era un ático con balcón, con un dormitorio y otra habitación que servía de despacho. La cocina pequeña pero funcional. El salón con librerías para llenarlas de libros hasta arriba. Además tenía dos sillones justo al lado de los ventanales desde los que casi se podía ver todo el casco viejo. Y las torres del Pilar. Allí se podría pasar toda la tarde leyendo sin perder la vista de la ciudad. Allí me vi sin la necesidad de salir o de esperar que alguien entrara. Allí me vi completa. Y así algo que empezó como encuentro casual con mis posibles otras vidas pasó de ser mi vida como la quería. Y desde entonces aquí estoy.
 
 
 

Esto no es una carta

Nuestra relación ha sido extraña. Nos cruzamos y apostamos a ver si funcionaba. Con la soberbia de los reyes que saben que el mundo les pertenece. O con la certeza de los enamorados. ¿Porque no iba a funcionar?

Eramos dos personas mirando al mismo espejo en paralelo. Sin mirar el uno al otro. Sin girar la cabeza hacia el otro. Cada uno mantenía su postura y el espejo le daba la certeza que el buscaba. Cada uno tenia una certeza diferente. Susurrar palabras de amor daba fuerza. Compartir y hacer lo que hace todo el mundo parecía sano. Cuando uno cree que algo es así se convence para ver también cosas que no lo son. O no ver cosas que lo son.
 
Luego vinieron los problemas que revelaron el vacío entre nosotros. Uno de los dos todavía no quería darse cuenta. El otro lo encontró conveniente. De repente las cosas ya no eran como antes. Las peleas empezaban por lo más insignificante. Lo que antes era razón de amor era ahora excusa de pelea. La distancia crecía pero cada uno miraba al espejo y no nos dimos cuenta. O yo no me di cuenta. Creía que todo seguía igual con un poco de rutina. Creía que seguías allí pero era solo tu ídolo en el espejo. Creí mis mentiras y luego creí las tuyas. Era la decadencia del amor, que una vez alguien me dijo que dura más que el amor mismo. Era la época de los gritos que escuchaban los vecinos y los otros que no los escuchaba ni yo. Había llegado el final. Pero no llegó solo. Llevaba verdades cubiertas que dolieron al desvelarse y lágrimas de decepción inesperada.

Me doliste tanto como te había querido. ¿Así no pasa cada vez?
Pero, esta vez es diferente.

Gracias a ti conocí a Javier Corcobado. Y el me canta cada noche que es mentira la muerte.

Así que te perdono.